Promesas de Dios

Promesas de Dios para cada una de nuestras necesidades

El único camino

En el evangelio de Juan, encontramos una afirmación muy clara de Jesús acerca de la forma de llegar al cielo, cuando dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6). La pregunta que muchos se hacen es, ¿por qué Jesús afirmó que no había otra forma para que el hombre encontrara la salvación? ¿qué tiene Jesús que nadie más puede ofrecer?.

Para aclarar esta interrogante, es necesario comprender el origen del pecado y la pena que el mismo conlleva en la vida del hombre. La Biblia dice que la ley de Dios ha establecido un castigo sobre el pecado, y este castigo es la muerte del pecador: “He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). El pecado es algo tan grave delante de la santidad de Dios, que lo único que puede pagar la deuda que el pecado ejerce, es la muerte del pecadorLa siguiente pregunta es, ¿quién no ha pecado en lo que lleva de vida?

La respuesta es que todos hemos pecado delante de Dios, no hay ni un solo hombre en esta tierra que no haya infringido la ley de Dios al menos una vez: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). 

De acuerdo a la palabra de Dios, todos hemos heredado el pecado de nuestros primeros padres, de la misma manera que todos heredamos los aspectos físicos, intelectuales, emocionales y genéticos de nuestros padres biológicos. Todo ser humano nace con la semilla del pecado, y en cierto momento nos volvemos pecadores por voluntad propia al transgedir la ley de Dios de manera voluntaria. Es por esta herencia que el hombre recibió del pecado original, que también, todo lo que el hombre administró, cayó bajo la misma maldición de muerte. Podemos obervar de manera inequívoca, que todo ser humano, animal o vegetal, muere irremediablemente. Una causa universal, tiene un efecto universal. El pecado es universal y por ende, también lo es su efecto, la muerte: “ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley” (1 Corintios 15:56). 

Es de todos el conocimiento, que el agua y el aceite no se mezclan. De la misma manera, la santidad de Dios, no puede mezclarse con el pecado del hombre,  menos que sus pecados sean borrados y apartados de él, para volver a su estado original de santidad y poder así habitar en la presencia de Dios.

Entonces, ¿qué papel juega Jesucristo en nuestra salvación? La deuda que el peado exige, la cual es la muerte, puede ser pagada de dos maneras: 1) pagando el pecador con su propia vida, o 2) permitir que otra persona pague su deuda. El problema con la segunda opción, es que no hay ningún ser humano que pueda pagar la deuda de otro, ya que él tiene que pagar su propia deuda, pues también es deudor. Es así como, Dios decide tomar forma humana en la persona de Jesús, para nacer de una virgen, de manera sobrenatural, por obra del Espíritu Santo, para nacer sin pecado, y poder así tomar el lugar del pecador: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). También en la carta a los Romanos encontramos esta afirmación del apóstol Pablo cuando dijo: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). El justo tomando el lugar del injusto; el inocente tomando el lugar del pecador.

Es por ello que, solamente Jesús es la única puerta al cielo, pues es el único que nació sin pecado, vivió sin pecado y murió sin pecado, para poder morir por el pecador. Nadie más que haya vivido sobre la faz de esta tierra, tiene esta característica. Esto hace de Jesús alguién único e inigualable. Y para confirmar que el sacrificio expiatorio de Jesús fue aceptado por el Padre, Jesús resucitó de entre los muertos, venciendo la muerte, “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-5), y ofreciendo vida eterna a todo aquel que creyese en él, como dice Romanos 10:9-11: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.”

Jesús mismo afirmó , además, ser la única puerta por la cual el hombre puede recibir vida eterna y entrar al reino de Dios: “Todos los que antes de mí vinieron, ladrones son y salteadores; pero no los oyeron las ovejas. Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:8-10).

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