En el evangelio de Marcos se nos relata el momento cuando los fariseos y los escribas le preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas? (Marcos 7:5). Luego, leemos la respuesta de Jesús que les dice: “Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, más su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres;” (Marcos 7:7-8).


Las tradiciones que observamos en todas las religiones, no tienen el respaldo de las Sagradas Escrituras, por lo tanto, no pueden sustituir el mandamiento de Dios, como erróneamente lo enseña el La Iglesia Católica en su Catecismo: “La tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros; los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (p.34, #95).


Lo mismo sucedía con los fariseos en la época de Jesús, y por ello leemos en el evangelio de Marcos la reprensión que Jesús les hace: “Invalidando la Palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. y muchas cosas hacéis semejantes a éstas” (Marcos 7:13). El Rey Salomón también nos advierte en Proverbios, de manera severa, a quien cambie la Palabra escrita de Dios, “Toda palabra de Dios es limpia; él es escudo a los que en él esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, y seas hallado mentiroso” (Proverbios 30:5-6).


Adicionalmente, en la carta de Pablo a los colosenses, leemos la advertencia del apóstol a la iglesia sobre este mismo tema: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo y no según Cristo” (Colosenses 2:8).


Concluimos así, que la palabra de Dios es perfecta, “la ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma” (Salmos 19:7), y no necesita la ayuda del hombre, por el contrario, el hombre necesita de ella, “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105).