Nuestro Señor Jesucristo dijo en una ocasión a sus discípulos, que él se iría a la casa del Padre para prepararles un lugar donde él y ellos pudiesen estar, asumiendo que ya sabían para donde iría y cuál sería el camino para llegar. Sin embargo, Tomás le dice a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” (Juan 14:5). 

Evidentemente, sus discípulos no entendían a qué se refería con esto, pues ellos creían que Jesús había venido a instaurar un reino terrenal y no celestial. Es así como Jesús le responde a su discípulo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). En otras palabras, todo aquel que no sigue a Jesús, está perdido; todo aquel que no conoce a Jesús, está en el error; y todo aquel que no tiene a Jesús, no tiene la vida, la vida espiritual, y por ende, aunque está físicamente vivo, espiritualmente está muerto y ajeno a la eternidad con Dios: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

Observemos cómo Jesús no dijo que él era uno de los caminos, sino que claramente dijo que él era el camino, afirmando que, no hay otro camino que nos pueda llevar al Padre y entrar en su reino, el cual es celestial. No es nuestro papel cuestionar la Palabra de Dios, pues ella no fue revelada al hombre para ser cuestionada, sino para ser obedecida. Es así, que mi objetivo es explicar el significado de esa exclusividad a la cual Jesús hacía referencia; una afirmación muy contundente y radical, que tiene consecuencias eternas y por tanto, amerita meditar en ella.

Lo que un prólogo es a un libro, el libro de Génesis es a la Biblia. Es por ello que, para entender esa afirmación que Jesús hace, es necesario remontarnos a lo que pasó en el Edén con nuestros primeros padres, descrito en el libro de Génesis.

Cuando el hombre fue creado y puesto en el Edén para que lo labrase, Dios le puso una pequeña limitación a esa libertad con la que había sido creado, y le hizo una advertencia a Adán y Eva; una advertencia muy severa: “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17).

 Y efectivamente así fue, transgredieron la ley, es decir pecaron, y la muerte entró al hombre, tal y como Dios se los había advertido, “ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley” (1 Corintios 15:56). A partir de ese momento, el hombre muere espiritualmente, perdiendo su conexión con lo celestial, y comenzó también a morir físicamente, y con él, toda su descendencia: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Una causa universal, el pecado, tiene un efecto universal: la muerte de todo ser viviente.

Es así, como toda la raza humana, nace ajena a la vida de Dios, y muerta al mundo espiritual, es decir separada de él, y por tanto no puede entender ni percibir el reino de Dios: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

La muerte, bíblicamente, significa “separado de”. La muerte espiritual, es separación de la presencia de Dios, de su camino, de la verdad, de su paz, de su gozo, de su reino, y nos condena a vivir una eternidad alejados de él. Pero el deseo de Dios es que todos sean salvos, “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Es por ello, que Dios envía a Jesucristo a morir en representación nuestra, para pagar por medio de él, la deuda que el pecado exige, la muerte del pecador, y que pueda librarse así de la condenación que el mismo acarrea, “porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16).

Pero solo un inocente podía pagar la deuda de un culpable, y para ello la persona que nos representase, debía nacer sin pecado, vivir sin pecado y morir sin pecado, para pagar la consecuencia fatal del pecado; “he aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4). 

La única persona en el mundo que cumple los requisitos para poder sustituirnos y morir en nuestro lugar, es Jesucristo, quien nació de una virgen, no por obra humana, sino engendrado de Dios, sin sangre contaminada, para nacer puro y sin mancha como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 12:29).  El justo pagando la deuda por el injusto; el inocente tomando el lugar del culpable; un hombre santo, tomando el lugar del hombre pecador. Esa característica es única de Jesucristo, Dios encarnado, Emanuel, Dios con nosotros, cien por ciento hombre y cien por ciento Dios, para cargar en él, el pecado de todos nosotros y reconciliarnos con Dios, “que Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Corintios 5:19).

Por medio de Adán, entró la muerte y la condenación al hombre; por medio de Jesucristo, el perdón de pecados y la vida eterna. Adán representa a la humanidad caída; Jesucristo representa a la humanidad redimida. Así como en Adán, todos mueren, así mismo en Jesucristo todos seremos vivificados. Lo que falló con el primer Adán, es restaurado con Jesucristo, el postrer Adán, “porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).

De esta manera, Dios de una forma legal, le está devolviendo al hombre su inocencia y santidad, declarándolo justo delante de él, satisfaciendo para sí mismo, las demandas de su propia ley, y permitirnos así, compartir con él, la vida eterna; y por una sencilla razón, porque nos ama y ha decidido demostrarlo por medio de Jesucristo: “Más Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Solamente hay dos maneras en que el hombre puede pagar la deuda del pecado delante de Dios: 1) pagar con su propia vida lo que exige la ley divina, o 2) permitir que otro pague la deuda por usted, y ponga su vida en sustitución de la suya.

Jesucristo ya realizó esa obra por usted, muriendo en su lugar en la cruz y pagando así por todos sus pecados, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

Pero ese perdón de nuestros pecados, y por ende, la salvación, solo se recibe por la fe en su nombre, como bien lo dice el apóstol Pablo en su carta a los Romanos: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:9-10).

 Y usted, ¿ya reconoció a Jesucristo como el único camino para llegar al Padre? Si no lo ha hecho, acérquese hoy a él con un corazón dispuesto, y confiéselo como Señor de su vida, pues “al corazón contrito y humillado no despreciarás tú oh Dios” (Salmo 51:17); no espere más, pues la vida es como la niebla, hoy está y mañana desaparece; solamente la palabra de Dios permanece para siempre. ¡Que Dios le bendiga!