El Catecismo Católico enseña que después de la muerte, algunas personas son enviadas a un lugar llamado purgatorio, para ser purificadas antes de entrar al cielo: “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo” (p.298, #1030).

El mayor problema en relación con esta doctrina es que la Biblia nunca indica que existe tal lugar. La Biblia tampoco enseña que después de la muerte, se necesita mayor purificación para ir al cielo. Por el contrario, la Palabra de Dios declara que la salvación es un regalo:

“Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. Romanos 6:23

Aquellos que mueren en Cristo no necesitan más purificación por sus pecados, como bien nos lo dice el apóstol Pablo en su primera carta a la iglesia de Corinto: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:11).

Si la enseñanza de la Biblia es tan clara en este asunto, ¿por qué la Iglesia Católica instituyó una doctrina que ha persuadido a fieles miembros a dar millones de dólares a la iglesia, para que se digan oraciones y se oficien misas en favor de seres fallecidos?

La doctrina del purgatorio nació en la mente del hombre y por lo tanto no es una enseñanza Bíblica, como nos lo confirma Pablo en su carta a los Romanos: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).

La historia de Lázaro y el rico, en el evangelio de Lucas, nos explica que solamente hay dos lugares en que el alma del hombre puede morar después de haber muerto: El seno de Abraham, que representa el cielo, y el Hades, que representa el infierno (Lucas 16:19-31), y “además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá” (Lucas 16:26).

Esta enseñanza es clara en cuanto al destino del hombre después de la muerte: una eternidad en la presencia de Dios, o una eternidad separado de él: ” Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio,” (Hebreos 9:27).