La Biblia nos enseña que la confesión de pecados es a través de un mediador entre Dios y los hombres, el cual es Jesucristo: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio así mismo en rescate por todos…” (1 Timoteo 2:5-6).

La iglesia Católica enseña que es necesaria la confesión de pecados ante un sacerdote para obtener la absolución. Sin embargo, la Biblia nos revela que debemos ir directamente a Dios para perdón de nuestros pecados: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado”(Salmos 32:5). El mismo apóstol Juan nos lo exhorta en su primera carta: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan1:9).

En el Antiguo Testamento encontramos la labor mediadora de los sacerdotes, originarios de la tribu de Leví, de manera temporal, porque Jesús no había sido aún enviado por el Padre a pagar por nuestro pecado en la cruz del Calvario. Cuando Cristo muere y resucita, llega a ser nuestro Gran Sumo Sacerdote para siempre, intercediendo por nosotros en los cielos ante Dios: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:14-15).

El propósito principal del sacerdote antes de la venida de Cristo, era el de un intercesor ante Dios, de manera que el pecador pudiera obtener misericordia. Esta posición sacerdotal es ahora representada en su totalidad y para siempre por nuestro Señor Jesucristo: “mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual, puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:24).

El sacerdocio humano en la antiguedad era imperfecto, pasajero y limitado, y era a la vez una figura temporal del sacerdocio divino, perfecto y eterno, representado en la persona de Jesucristo: “Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no podían continuar” (Hebreos 7:23).

El sacerdocio humano debía tambien confesar sus propios pecados delante de Dios, además de los pecados del pueblo. El cordero que se sacrificaba, representaba al hombre pecador y se le imponían las manos sobre su cabeza durante la confesión del sacerdote, simbolizando que los pecados de los hombres, eran transferidos al cordero, y éste moría en su lugar, sustituyendo al pecador. En otras palabras, un inocente moría a cambio del culpable. Cuando Cristo muere en la cruz del Calvario, vino a ser ese cordero puro y sin mancha que se sacrificaba en sustitución de todos nosotros. De esta manera, moría un justo por los injustos, y la justicia de Cristo, su pureza y santidad, era imputada en el hombre pecador, porque la deuda del pecado había sido pagada delante de Dios: “porque la paga del pecado es la muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

El sacerdocio imperfecto del Antiguo Testamento, venía a ser sustituído por un sacerdocio perfecto a través de un nuevo pacto: “Porque tal sumo sacerdote nos convenía:santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados, y luego por los del pueblo: porque esto lo hizo una vez y para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Hebreos 7:26-28).

El apóstol Pablo en su carta a los Hebreos completa este pensamiento diciendo, que Jesús es ahora nuestro mediador por medio de un nuevo pacto de Dios con los hombres: “a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada, que habla mejor que la de Abel” (Hebreos 12:24).

Cuando Cristo muere en la cruz del Calvario, dos malhechores estaban agonizando junto a él. Uno de ellos se arrepintió de sus pecados antes de morir e imploró a Jesús misericordia cuando dijo, “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino” (Lucas 23:42). Ante esta solicitud que nace de un corazón contrito y humillado, Jesús inmediatamente le responde y le dice, ” De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). La pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿Qué necesitad tuvo este hombre de confesarse delante de otro hombre para ser salvo?. Ninguna, pues se confesó delante de nuestro gran Sumo Sacerdote, Jesucristo, y sus pecados le fueron perdonados, obtendiendo en ese mismo instante, eterna redención.

Finalizamos pues, con este versículo de Marcos, cuando nos afirma que solo Dios es el único que puede perdonar nuestros pecados: “¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? (Marcos 2:7).